El mejor jugador de baloncesto riojano de la historia recuerda sus años mozos, donde llegó a pesar más de 100 kilos, y advierte de que se puede comer de todo siempre y cuando el deporte esté presente a diario.
Salva Díez repartía tantas asistencias sobre las canchas de la ACB como ahora buen rollo sobre la mesa del restaurante Buenos Aires, lugar elegido para las celebraciones más especiales, íntimas, familiares... Y por tanto así le reciben. Salva es uno más y todos lo sienten como propio, independientemente de si han comido o no con él. Como estrella del baloncesto, que presumió de riojanidad por los cuatro costados, aún hoy en día asume como normal las embestidas bien entendidas de los aficionados a este deporte que le preguntan o le requieren una opinión, que siempre será acertada, concreta y por supuesto muy educada. «Es algo normal y así lo entiendo, no pasa nada, además la gente es muy amable y me demuestran mucho cariño».
Irradia la personalidad del que se sabe fue gran deportista de élite y ahora, cumplida una etapa bonita de su vida, disfruta con otros retos que le mantienen activo pero lejos de unas luces que ni muchos menos le despistaron del camino. Es más, habla de su etapa profesional con un cariño muy especial, de ése que negociaba sus contratos sin intermediarios, cara a cara, «donde el sentido común gobernaba todas las decisiones». No existen dobleces en Salva Díez.
Así que son muchos los amigos con los que se puede sentar a comer, otro de los placeres que cultiva Salva. «Creo, sin duda, que lo mejor de comer es el aspecto social del mismo. No hay cosa peor que comer solo». Tanto, que en Canarias, donde le dieron la oportunidad de jugar en ACB por primera vez, «siempre comía en casa porque no aguantaba, y sigue siendo así, ir a un restaurante para comer solo, únicamente con la compañía de un periódico, más por despistar que por otras cosa».
Así que durante ese tiempo se convirtió «en el rey del congelado. Nunca he sido bueno en la cocina y esos productos me sacaban de apuros». De su estancia en Canarias recuerda una anécdota alimenticia interesante y que ha marcado su vida. «Me marché en verano a casa, y lo cierto es que descuidé la alimentación, volví con unos cuantos kilos de más, y en el primer entrenamiento el técnico le preguntó al preparador físico que si yo era el base que corría, y el fisio le dijo que me diera algo de tiempo». Afortunadamente se lo dieron y su trayectoria es realmente espectacular.
Nulo en los fogones
No tanto en la cocina, «donde nunca he sido bueno». En su vida siempre han cocinado las mujeres. Primero su madre y después su mujer, «que supera con creces el nivel medio. Es muy buena». Y no sólo cocinando, sino teniendo en cuenta aspectos nutricionales que permiten a la familia alimentarse de forma correcta. «Compensamos muy bien los alimentos y esto nos permite comer de todo y en cantidades suficientes». Así que ahora está casi mejor nunca.
Y lo consigue porque además de llevar una dieta equilibrada en la que come de todo, «trato de hacer ejercicio todos los días». Por supuesto el baloncesto es su preferencia, pero «juego también a pádel y a golf».
Café solo para terminar
«Tengo casi todos los vicios». Así se expresa Salva cuando le preguntas por los postres y el café. Y no miente. Es goloso y lo demuestra con la magnífica tarta de queso del Buenos Aires. Y lo del café es una cuestión aparte. Siempre solo y si pueden ser dos, mejor que uno. Eso le permite seguir activo el resto del día. Después, seguro, trabajar y para cerrar la jornada, partido de pádel con los amigos y una cena equilibrada preparada por su mujer.