
Fruto singular de la familia de las rosáceas, parece ser que la fresa fue descubierta en los Alpes por los romanos, que luego las comieron como alimento privilegiado. El mismo Virgilio las alaba en su obra Las bucólicas. Primitivamente salvajes, hacia finales de la Edad Media comenzaron a cultivarse y, posteriormente, en Francia, se convirtieron en el postre predilecto de la nobleza. Incluso el rey Luis XIV convocó un concurso literario, cuyo tema fueron las fresas.
La verdad es que esta fruta es todo un lujo para el paladar y para la vista. Y además son saludables, pues están saturadas de vitamina A y C y contienen un 85% de agua y varias sales minerales. Su aporte calórico es mínimo, pues proporcionan unas 40 calorías por cada 100 gramos. A todo esto hay que añadir sus muchas aplicaciones culinarias.
Se puede decir que la repostería en esta época se viste de rojo. Bizcochos, cremas, helados, mousses, tartas, bavarois, gelatinas y mermeladas demuestran que el alcance gastronómico de la fresa es infinito.
Aunque existen más de 600 variedades, comercialmente se clasifica en dos grupos: las de fruto grande o fresones y las de fruto pequeño o fresas propiamente dichas.
Su cultivo necesita gran cantidad de mano de obra. Aunque su cultivo está extendido por muchas naciones (Francia, Italia, Estados Unidos, Méjico, Brasil, Chile...), España es el país que ocupa el primer lugar, pues no sólo posee las suaves y exquisitas que desde hace siglos se cultivan en Aranjuez, sino que Huelva alberga las comarcas más productoras del continente: Palos de la Frontera, Cartaya, Moguer, Lepe... son localidades que producen nada menos que unas 220.000 toneladas anuales.
Una gran parte se exporta a otros países, lo que ocasiona muy buenos beneficios en divisas. De ahí que se le haya llamado «el oro rojo de Huelva».
La forma más habitual de degustarlas es al natural, con nata, azúcar, zumo de naranja o un toque de licor. Como se prestan a todo tipo de alianzas y combinaciones transformadas en recetas, son siempre una maravilla.