Hace cuatro años, con Justo, el fotorreportero de montañas, subimos a la aldea de Santa Marina, en lo alto del valle del Jubera. Hasta Robres del Castillo, nada que objetar, carreterita estrecha, sinuosa, circulación cero, firme afirmado, cabras arriscadas y alguna vaca con su ternero. Pasado Robres, súbita curva a la derecha y nos adentramos en la vertiente de un puerto desconocido que bien podría llamarse ‘puerto desolación’, nada por aquí, nada por allí, 11 kilómetros de subida hasta los 1.230 metros.
Avistamos Santa Marina, nos estremece el poblado, de casitas de piedra de tejados con losas, y sus paneles solares. Desde aquí vamos a subir, andando, a la Atalaya, en lo más alto de estos montes perdidos. Desde el humilde caserío pasamos a la Dehesa de la Monjía, y dejando a la derecha Peña Horcajada como referencia, tomamos un claro cortafuegos que sin empinarse excesivamente nos subirá a la loma cimera donde se alza La Atalaya, 1.514 metros. Cerca, en el extremo SE de este cordal, está Nido Cuervo, con su bonito refugio de vigilancia contra incendios (1.486 metros).
Cumbres de Las Alpujarras, montañas que perdieron su verdor bucólico, y ahora sirven de paraíso celestial al buitre leonado.
Avistas desde aquí hacia el Este, detrás de una compañía anónima de alabarderos del viento, el monte entre los montes, el Moncayo, entre Aragón y Soria, y casi Navarro y casi riojano.
Pueblos abandonados
En las llamadas Alpujarras perviven una colección de aldeas abandonadas, tierras abandonadas, o con muy pocos habitantes: La Monjía, La Santa, Ribalmaguillo, El Collado, Dehesillas, Buzarra... Nos fuimos porque sobrevino una enfermedad muy mala para un pueblo, que se llama soledad.
Cuando cierra una casa y se va una familia, y mañana otra y otra, y ves el pueblo desamparado, y decides marchar sin mirar atrás, sin recoger los platos ni apagar el fuego. Entierras el pasado con un dolor muy hondo.
El santo Felices, solitario de la atalaya
En los siglos obscuros de la época visigoda, un anacoreta de nombre Félix, o Felices, anduvo por las crestas de La Atalaya y Nido Cuervo. Fue un solitario, que vivió en una oquedad en la visera de una roca, que aún se puede visitar.
Retirado, sin discípulos ni seguidores conocidos, su santidad fue íntima, solitaria e intransferible.
La dieta del santo se componía de hierbas crudas, frutos silvestres y de la leche que mamaba directamente de las ubres de una vaca que todas las noches escapaba de su vacada para acudir a nutrirle en la cueva.
Las Alpujarras, 1847
«En el país de los Cameros, en su parte más alta, se encuentra una porción de pueblecitos que llaman Las Alpujarras, y cuyos habitantes viven en la mayor soledad y envueltos en la pobreza... Sus casas hállanse construidas con losas de piedra seca y sin haber empleado en toda la fachada ni una simple palada de yeso».
«La tierra para sembrar es casi negra y no se cría en ella más que centeno puro... comen de este pan, que es el único manjar que gastan en su alimento diario... Los alpujarreños y las alpujarreñas, desde que amanece hasta que anochece Dios no ponen los pies en casa, todos hacen los mismos oficios y varones y hembras disfrutan de la misma miseria... Pasma y admira que para dos o tres pueblos de las Alpujarrras sólo haya un cura y un simple barbero que desempeña funciones de médico y cirujano... Sin embargo, viven aquellos infelices mucho tiempo, casi todos hasta los 80 y 90 años cabales».
(Guía del Comercio, 1847)