El pimiento es un producto extremadamente delicado. Tal vez el propio proceso de selección de semillas haya provocado más sutileza. Al pimiento le afecta el viento cuando se encuentra en la planta, el agua y el pedrisco, pero también los calores como los registrados durante agosto.
Los propios productores reconocen que hubo mejores condiciones climatológicas para su desarrollo el año pasado. Este año, sin embargo, comenzaron la recolección en septiembre y todavía quedan algunas ‘pasadas’ más, según la zona de producción.
Septiembre, pero fundamente octubre, huele a pimiento asado en muchos de los pueblos de nuestra región. Hace años parecía una tradición olvidada, pero en los últimos años ha vuelto con fuerza y es casi una fiesta familiar para muchos del medio rural o para aquellos que tienen dónde asarlos en los pueblos. Casi una fiesta. Eso sí, es importante hacerse con productos de calidad.
Antes de iniciar la tarea cada uno tiene sus preferencias, entre las variedades y su procedencia. Unos los prefieren de Tricio, Leiva o Tormantos; otros, de las huertas del Iregua y también de La Rioja Baja. Unos los prefieren dulces, otros picantes, unos cuantos mezclan ambos para conseguir un ‘toque’ permisible a todos los paladares.
Las compras se hacen por docenas entre los productores y los precios oscilan a lo largo de la temporada en función de la demanda, pero también de la calidad del producto.
Comprar a los productores no es tarea fácil. Ellos prefieren comercializar el producto final porque obtienen mayor rentabilidad. Pero siempre hay pequeños agricultores que tienen para el consumo familiar y unas docenas para venderlas a conocidos y amigos. El traslado hay que realizarlo con delicadeza para no estropear el pimiento. La vista es fundamental. Luego, a la hora de asar se han utilizado innumerables sistemas y artilugios, algunos sumamente curiosos y llenos de ingenio.
Desde sopletes de butano que terminaban dejando cierto sabor en el producto hasta enormes parrillas o, sencillamente, grandes lumbres en la calle o en las eras...
Pero en los últimos tiempos, alguno de los más socorridos es el clásico bidón de acero con una venta en la parte inferior por la que se le aplica el aire de un ventilador que pueda ayudar a la quema del carbón situado en la parte superior del bidón y asar los pimientos con mayor rapidez y comodidad.
Y ya se sabe, una vez asados, comienza la cadena de trabajo en las familias o entre amigos. Unos, asan; otros los envuelven para que ‘suden’ y que se puedan pelar mejor, otros limpian la piel y las pipas sin que vean el agua y, finalmente, se embotan o se congelan. Así se garantiza todo el año un producto que lo mismo se sirve solo que acompaña a cualquier plato.
La ‘técnica’ del bidón, por Fran Echevarría Periodista de TVR
Antiguamente existían en ciertas caballerizas unos bidones de aceite de locomotor de unos 200 litros cada uno. Un poco después de que los utilitarios de antaño funcionasen impulsados por los motores de gasómetro. El aceite para lubricar el motor del vehículo venía preparado en bidones de metro y pico de altura. Los había negros, pero también rojos, azules y blanquiazules (estos últimos ya contenían Telone para tratar las viñas). Aquellos bidones, una vez utilizados por los carreteros del lugar, los paisanos los requerían para fabricar asadores de pimientos.
Y ¿cuál era el proceder del manitas de la casa? El artilugio era simple y sencillo. Con un cortachapas se extraía en redondo uno de los dos culos del bidón. Una vez extraído se agujereaba a estilo de un colador y se colocaba tal que a la mitad del cilindro soldado con unos puntos de soldadura a la pared lateral del mismo. En el lugar que otrora ocupaba la cara extraída se agarraba una malla que también quedaba pegada a la boca del bidón con puntos de soldadura. Había que abrir una ventana de tiro en la parte lateral opuesta de la maya. Y un orificio cuadrado de entrada de la leña, también lateral, a la altura de la chapa/colador de la mitad del bidón. Dependiendo del artificiero, los más amigos del bricolaje, soldaban a ambos lados del invento, dos asas para hacer mucho más fácil su traslado desde la lonja o cochera hasta la calle.
La calle era, y es todavía en muchos casos, el escenario habitual del ritual de asar pimientos. Todavía sacan a la vía pública estos barriles. En sus interiores prenden cepas y/o carbón vegetal, y rellenan la malla superior de pimientos. Y con la ayuda de unas tenazas van volteándolos en la malla. Hasta que se asan. Luego ya es otra cosa. Una vez acabada la faena, el bidón vuelve a la cochera. Hasta el año que viene.