Comer en La Rioja

Compota y canelita en rama

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La receta es uno de los postres más extendidos y variados de la región

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JOSÉ MANUEL RAMÍREZ

Tras una densa jornada investigando en el archivo municipal de Logroño, quise aprovechar la tarde para dar una vuelta parsimoniosa por la ciudad. Una ciudad que, por cierto, cada día que pasa y cuanto mejor la conozco a nivel documental me tiene más y más encandilado.

Bajando por la calle Chile desde la circunvalación y dejando atrás la Rotonda del Coño Volador (sí, ese espacio circular que en otros lugares del sur llaman popularmente retórtola, del que hay colgado allá en lo alto un simbólico búlgaro entre un bosque de artilugios de metal) pronto comencé a vislumbrar por calles y árboles las suaves luces que anuncian indefectiblemente la llegada de nuestros castizos Christmas. Es decir, una fiesta enraizada en nuestras costumbres riojanas que viene a poner el punto final a toda una serie de celebraciones previas no menos tradicionales: Halloween, siempre tan sugestivo, colorista y encantador, Thanksgiving Day, día de acción de gracias que en todos los hogares disfrutamos con verdadera fruición comiendo siempre el consabido pavo relleno acompañado de pudding y una salsa densa de calabaza, o a partir de este mismo año Black Friday, ya que se ve que resultaba completamente imposible haber recuperado para la ocasión cualquiera de los muchos privilegios reales que se concedieron a Logroño a lo largo del tiempo para celebrar ferias y mercados francos.

Pero, sin duda, lo que más me motiva en las postrimerías del año es descubrir la oronda figura de un Papá Noël vestido de rojo y publicitando en el subconsciente la Coca-Cola que se precie o se encarama a cualquier fachada, por muy escabrosa que sea, intentando escalarla.

Recuerdos de infancia
Los trineos tirados por renos, la tierna atmósfera de abetos engalanados con regalos y los Christmas Carols acaban por reblandecer mi tosca e impermeable alma.

De pronto y sin saber el porqué, esa misma tarde se me bloquearon las meninges. Al pasar por el escaparate de una conocida Delicatessen y detenerme durante un rato para recorrer con la vista los lujos que allí se exponían, no pude menos que esbozar una sonrisa de escepticismo.

Venía a mi memoria la alegría de una ilusionante infancia, cuando mi padre descorchaba en Navidades con extrema lentitud una botella de sidra El Gaitero mientras todos, reunidos en torno a la mesa, esperábamos en silencio a que un sonoro taponazo dejara en el techo una pequeña marca.

La marca que nos serviría para recordar durante el año esos momentos de unión y felicidad y la presencia permanente de un padre que, debido a su oficio de conductor de un coche oficial, siempre estaba de viaje por los interminables campos de Castilla.

En seguida mis pies se encaminaron a casa de mi madre. Quería recuperar como fuera viejos aromas, porque es a través de los olores como se recompone la Historia y no con enjundiosas enciclopedias. En especial el de aquella sencilla pero sabrosa compota que nos servía al finalizar la comida o la cena durante las Pascuas. Tal vez porque detrás de ese olorcillo a canela que todavía almaceno en mi imaginación había un largo proceso de imágenes que me remitían a un paisaje rural en el que anida mi genealogía: a unas ciruelas claudias envueltas individualmente en trozos de periódico y convenientemente ‘enrastradas’ y puestas a secar en el alto para su transformación en pasas, a unos cuantos manojos de peras y manzanas colgando del clavo de una viga de madera a cuyos rabos se solía atar un hilo, a una sencilla vida de caricias con sabor también a sobadas de chinchorras y a tostadas de aceite untadas con ajo en el trujal familiar…

Como buena murilleja y con la experiencia que dan 91 años de vida, la familiaridad de mi madre con los dulces, en especial con las rosquillas y buñuelos por San José, sigue siendo proverbial. Y es que en eso las gentes de Murillo de Río Leza se las pintan, quizá por algún sustrato morisco o judío asociado a una fértil vega. Pero en este caso lo que yo tenía era una verdadera obsesión por conocer la forma de elaborar la compota solamente.

Las castañas y el belén
A modo de complemento de la compota yo recuerdo que solía poner también un plato de castañas a las que había dado un corte en la piel, previamente cocidas con unos granos de anís, con el fin de aportar una nota exótica a una mesa muy bien nutrida.

En ese intervalo el pequeño belén con casitas de corcho y figuras de barro que habíamos comprado en Balmes dormitaba en uno de los rincones de la entrada de la casa a la vez que sabíamos de buena tinta que los Reyes Magos, poco a poco, iban avanzando con sus camellos desde Oriente con el encargo expreso de dejarnos unos duros de chocolate y algunas naranjas, no muy conocidas por entonces por estos lares… Vamos, que el Blancanieves ése, con todo el fuerte componente subversivo aglutinado a su alrededor, era un perfecto gilipollas. Casi tanto como el venezolano Iñaki Anasagasti.


La receta de mi madre
Mi madre me dio la receta.«Se seleccionan unas cuantas ciruelas e higos pasos y las consiguientes manzanas y peras. Estas últimas se lavan, se pelan y se cortan en trozos más bien grandes. Todo ello se pone en un perol o tartera con suficiente agua a la que se añade canela en rama y azúcar y se deja cocer. Luego se espera hasta que se enfríe, dejando pasar un tiempo prudencial para que todos los componentes acaben por ensamblarse convenientemente».

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