En uno de los centros neurológicos de la ciudad de siempre, la calle San Agustín, los hermanos Andrés (Alberto y Emilio) han abierto un pequeño local, casi diminuto, donde la cocina y los mejores productos que imaginarse puedan se han asomado a su pequeña barra.
Se ha extendido un rumor por el Logroño gastronómico. Un rumor imparable en el que conviene detenerse. En uno de los centros neurológicos de la ciudad de siempre, no de la ciudad inventada en ensaches ni planes parciales, sino en la calle San Agustín, rodeado por otros espacios donde comer es una pasión, los hermanos Andrés (Alberto y Emilio) han abierto un pequeño local, casi diminuto, donde la cocina y los mejores productos que imaginarse puedan se han asomado a su pequeña barra y a sus contadas mesas con la fuerza de los grandes de la restauración. Y he aquí lo que aseguran sin rubor las lenguas consultadas por este cronista: «El que lo prueba repite; el que entra no quiere salir, aunque hay que dejar paso porque en este gastrobar disponer de espacio es un lujo del que ningún comensal se puede arrepentir».
¿Bar o restaurante?
Así, de primeras, resulta complicado definir esta nueva apuesta gastronómica. No es un bar porque dicho concepto se queda inmensamente corto; no es un restaurante porque quizá es demasiado pequeño para tal cosa. Pero hay sala, barra y cocina, sobre todo cocina, con una carta de aspecto clásico que esconde tras de cada plato una búsqueda de producto: «Se pueden degustar raciones, medias raciones y tapas basadas única y exclusivamente en los mejores productos de cada temporada, tales como quesos, anchoas, tomates, setas de temporada», dice Alberto. Y Alberto abre la carta, que canta, y comienza a sonar a las mil maravillas: caracoles, carpaccio de boletus, tosta de anchoa, callos de ternera, cecina de León, jamón ibérico de bellota, croquetas caseras, lomo ibérico especial de bellota, menestra de verduras frescas, tabla de quesos, ensalada de tomate con ventresca y cebolla, lengua de cerdo ibérico curada, huevos fritos camperos con jamón y trufa, carrilleras de cerdo ibérico, solomillo de ternera, rabo de ternera estofado...
Es decir, una variedad marcada por el respeto al mejor producto y a los mejores vinos, una carta con infinidad de referencias (unas 300), con grandes Riojas, los clásicos franceses más reputados de Burdeos o de Borgoña, además de otras denominaciones procedentes de Italia o Alemania.
Alberto lo tiene claro: «Nos queremos distinguir por la calidad, por buscar la esencia. Sin demasiados formalismos porque este lugar es como una tasquita, amable y sencilla, pero que quiere introducirse en el corazón de los riojanos con el mejor producto que podamos conseguir».
Y una curiosidad, las mesas son altas ¿Por qué?: «Buscamos ese punto informal, la sensación de que te puedes tomar desde una ración a quedarte a cenar».
Dos hermanos gastronómos
Alberto Andrés estudió en Santo Domingo y desde allí se ha paseado por lugares como Echaurren, Atrio, Cocinandos, Museo Vivanco, Marón o Herventia. Su hermano, el cocinero, ha estado en Viura o en el Hotel María Cristina de San Sebastián: «Amamos la cocina y queremos demostrarlo en Logroño».
EL RINCÓN DE ALBERTO
C/ San Agustín, 11. Logroño.
Tfno: 666 91 09 07
Días de descanso: martes noche y miércoles
Horarios: abierto desde las 11,30 horas